Vagabundear por la librería

El otro día tuve que ir a la librería de la que he sido visitante asidua durante muuuchos años y a la que,  por cuestiones de la crisis y de apretarse el cinturón, hacía tiempo que procuraba no entrar (a pesar de saberme su escaparate de memoria). En su lugar, empecé a frecuentar las bibliotecas públicas, que están estupendamente bien surtidas, si, pero no es lo mismo…  A mí me gusta acumular libros, son mis bienes más queridos.  Además, cuando me ha gustado un libro, generalmente acabo comprándolo, me gusta tenerlo  (atesorándolo, mi tesoro…. es mío…).

Pues bien, iba a comprar tres libros que me habían encargado para regalar, libros muy publicitados y colocados en lugares muy visibles, así que  no tenía que revolver ni pararme a buscar nada.  Podía haber entrado en la  tienda con orejeras de burro, ir directamente a coger estos tres títulos que llevaba apuntados,  pagar e irme sin más dilación, con la satisfacción del deber cumplido.  Pero no, una no es así, a pesar de saber que hubiese sido mejor hacerlo de esta manera.

Ya nada más entrar me distrajeron los libros de La otra orilla, una editorial que me encanta, donde descubrí autores e historias de lugares diferentes.  Un poco más allá, están los de Lumen, todos tan blanquitos, me encantan sus cubiertas. En la siguiente mesa, las novedades de Alfaguara y de Salamandra, siempre apetecibles e interesantes, dos de mis preferidas;  antes, los de Anagrama, que tienen títulos que no conozco y que me desafían a leerlos,  y me acaban entusiasmando;  y en el medio, los de Maeva, tan tiernos y conmovedores. ¡Ay, Dios, tantos libros por leer y tan poco tiempo para hacerlo! Empecé mirándolos de reojo mientras me dirigía con paso firme hacia la descomunal pila de los libros de Pérez Reverte, pero algunos títulos me llamaron con voces de sirena y ¡cómo no!, acabé parándome  en casi todos los expositores.  Al final, me marché con los tres libros cuya compra me habían encomendado y quince o veinte títulos más en la mente y en el corazón, con un poco de tristeza por tener que dejarlos allí, tan “solitos”.

El caso es que, para mí,  siempre ha sido un placer tener un rato libre y entrar a vagabundear en esa librería, ver lo que hay, lo que se acaba de publicar, descubrir un nuevo libro de alguno de mis autores favoritos, abrir los libros cuyas cubiertas me han gustado…  Prefiero hacerlo sola y despacio (mis amigos y familiares ya se niegan a venir conmigo, y yo lo prefiero así, para  que nadie me meta prisa, poder ir a mi aire y pararme donde quiera),  sin tener que solicitar ayuda de las dependientas, que, dicho sea de paso, son atentas y encantadoras.  Yo creo que  es  terapéutico, me cura la tristeza, me despoja del aburrimiento, me relaja y me da alegría… Cuando mis hijos eran muy pequeños y estaba que explotaba de agobio, mi marido me daba el abrigo y me decía: “Vete a dar una vuelta por la librería”,  sabiendo que volvería cargada con una buena bolsa, pero con una  sonrisa en la cara.

Y es que… ¿habrá mayor placer que vagabundear sin prisa por una buena librería, coger un libro, leer la contracubierta, posarlo, ir a por otro… y de repente, encontrarte con que tienes diez ejemplares entre los brazos y tienes que decidir cuál te llevas y cuál dejas? Para mí, no.

En fin, que yo ya tengo un montón de ideas para mi carta de este año a los Reyes Magos…  ¡y eso que no bajé a la sección de libros de bolsillo!

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4 Respuestas a “Vagabundear por la librería

  1. ¡Como te entiendo! La única forma que tengo de salir de una librería sin un libro es no entrando; porque aunque no compre en ese momento, me voy, como muy bien dices, con un montón de títulos registrados en mi cabeza que más temprano que tarde acabarán cayendo.

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  2. No solo la lista de títulos que te llevas apuntada en la cabeza, sino, además, el sentimiento de frustración con el que te marchas por dejar allí todos aquellos otros “solitos”. Yo incluso llego a comprar algún libro que descubro paseando la vista por las estanterías mientras espero que me preparen el cargamento de libros de texto de mis hijos, como si fueran pocos estos. ¡Ay, cuando nos toque la lotería ¿verdad?!

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  3. ay que genial!!!…;))))

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